Lo erótico: confesiones estériles

Escalofríos. Amor boomerang… el que uno deja ir, aprisiona en recuerdos, con chances mínimas de reencuentros. Hubo un concierto clásico en medio de todo ese rito primario, inocente, precario. Había música atravesando poros, insertando un sonido cómplice, como la historia que solo se cuenta en medio de las charlas a introspección y psicoanálisis.

Selección de tus instantes y los míos en la cajita de canciones digitales. Y la condena por una repetición que no podría ser la misma, comparando tus encuentros y los míos, plagados de inexperiencia. Aunque todo debía ser química y física, los cálculos metódicos estaban allí. Esta vez era la expectativa, temer no cumplir, marearse antes de beber zumos de gloria, trascender clímax – paroxismo y sentirse orgulloso. Orgullo, esa palabrita tan motivadora para la masculinidad. Temor a la mentira, ese llevarte el secreto de mi falta de práctica. Estereotipos. Lo pensábamos demasiado.

Hablábamos en susurros. “Vive el momento. Atesora esa parte de mi alma que hoy es cuerpo y que, al hundirse al tuyo, será unidad en medio del caos, místico refugio de los que creen en Dios”. Cuando hablabas con simbolismos religiosos, el pecado conjunto se exasperaba y preparaba su sendero de libertad. Redención. Ir en contra de todos o todo lo preestablecido, y confesar que la primera vez se gestaba de un lado y no del tuyo. Adiós, comportamiento de superhombre nietzscheano. Bienvenido, sensitivo de las power ballads, el jazz y el soul.

La canción estaba en el playlist, mientras el acto del beso se esparcía por tu mejilla, rodeaba tu cuello, cada vez más incierto, más inserto en el ensueño, más lento en la visión. Ceñirte a trazos del Verbo, aferrarme a tu cintura debajo de las sábanas, eran una tregua a pequeños esbozos, trazando líneas de fuego con las yemas, las uñas levemente filosas, sin importar nada, importando mucho. Descender o bajar, subir, escalar, tomarse atribuciones más íntimas, balanceos suaves, rítmicos por momentos, acompasados o a destiempo, pero moverse en lo que ansiábamos: nuestro propio tempo.

¿Qué quedaba después? Áulico o callejero, lo teórico vuelto empírico. No hay teoría sin práctica, ni tesis sin antítesis. Polos opuestos. Acomodar las piezas del tablero. Tus manos indiscretas temían hacer daño, y tocaban una fórmica, como midiendo las posibilidades, ese deseoso acudir de prisa a las súplicas de tu centro húmedo y cálido. Todo era fuego y hielo, y una nueva sublimación desde las estancias sin nombre. Pedíamos más. Clamábamos por más. Hoy lo recuerdo por pasajes, como un bosquejo de misterio.

El problema es que alguien llama a la puerta y debo retirarme. Volver a la realidad de pelearme con tu presencia ausente, y ser un Homo Erectus que explosiona al último contacto imaginario de tu aroma indeleble. Hasta los incivilizados inventaron esa palabra, más turbados que otras veces. Me aseo, pero no me siento sucio. El plan consistía en recordarte. Volver al baño y con la espuma del jabón verterme en nuevos pensamientos puros, buscando ese nepente de olvido y vida celeste. Pero, en mi mente, el vinilo sigue girando. “When We Made Love”. Bad Company. El coro era un cambio de Em a Bm. Melancolía. Ars Amandi. El verano está difícil.

Baby Blue

Consideren a este relato como estrictamente ficticio. No busca aclarar ni aportar detalles sobre la creación de la gema dorada de Badfinger, Baby Blue, revitalizada y elevada a su punto máximo con la serie Breaking Bad. Sin embargo, se centra en una pequeña historia sobre cómo pudieron suceder los hechos.

Las despedidas nunca fueron del agrado de Dixie Armstrong. Si bien había nacido en el sur de los Estados Unidos, profundo por el Delta, los lamentos del Blues y el fanatismo religioso, su alma estaba mayormente apegada al Rock And Roll. Nadie lo entendería, ni siquiera sus padres.

Un espíritu libre en constante búsqueda, con inquietudes y angustias propias de una joven que ya fue creciendo durante los años 70 y sin The Beatles. La llamaban «Niña Triste», por aquel suspiro incompresible en medio de un soplo dulce de las brisas del verano.

Soñaba con sumergirse en aquel mundo de música, tal vez estruendoso, inclusive soñoliento y hasta peligroso, pero las leyes de la vida quizás deseaban conducirla hacia caminos más seguros. Aunque su espíritu anhelaba sentir su propio canto, nadie parecía estar dispuesto a demostrárselo.

Pero 1971 marcaba nuevas etapas para los jóvenes deseosos de nuevos sonidos. Mientras Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath o las crudezas de Creedence Clearwater Revival, Steppenwolf, se mostraban feroces ante el nuevo mundo, aparecía una nueva banda británica apadrinada por los mismísimos Fab Four, ya cada uno en solitario.

Llevaban el nombre de una canción de Lennon en su etapa embrionaria: Badfinger. Estaba formada por cuatro chicos, dos provenientes de Swansea, Gales, y otros dos oriundos de Liverpool. Quién diría que Pete Ham, Tom Evans, Joey Molland y Mike Gibbins serían bautizados como las nuevas estrellas nacientes de una nueva era sin The Beatles.

El éxito les llegó con Come And Get It, compuesta por Paul McCartney. Luego aparecería No Dice, con las joyas No Matter What, Midnight Caller y la magnífica «Without You», reversionada por el ebrio de bohemia, Harry Nillsson. Disfrutando de la fama mundial – aunque sufrieran apremios económicos – se embarcaron en una gira estadounidense.

Para los expertos, Pete era el genio, el retraído y el mago detrás de la banda. Como un perseguidor incansable, se codeaba con los grandes músicos de la época.

De personalidad noble, confianzuda, el mundo le sonreía por primera vez luego de arduas batallas con The Iveys. Como músico, siempre esperaba la nota perfecta, el compás preciso, la melodía más bella, y tal pareciera que el futuro se mostraba prometedor y más brillante.

La gira estadounidense comenzaba a ser un fastidio. Por supuesto, todos se concentraban en la música, en un nuevo sonido que luego sería catalogado como Power-Pop; melodías pegadizas, estridencias justas y moderadas para no encontrar otro oxímoron, letras sobre amores y temores de los nuevos jóvenes ansiosos por nuevas historias y oportunidades.

Pete Ham supo que había algo más en Dixie cuando la vio por primera vez, mientras Badfinger regalaba un concierto asombroso. ¿Se presentaron o fueron presentados? ¿Cuál camino los había unido y situado en esta precisa circunstancia, en este momento tan inexacto?

Sus mundos se encontraron, sus historias fueron contadas. Nadie supo si la inspiración llegó con un chasquido del dedo malo o si solamente todo surgió a partir de una mirada. Claro que en la fotografía captada horas después se los veía animosos, amenos y hasta sonrientes.

Se conocieron. Para Pete, los besos de Dixie dejaban un recuerdo imborrable. Había nervio, alma, entrega sublime, como si la última vez llegase en forma inoportuna. Mientras el tiempo de los mortales pasaba, ellos se veían en otro ámbito, como horas sagradas de luces y sombras.

Llegaba el amor y el dilema los sorprendía. ¿Estaría dispuesta a viajar a Inglaterra si él la llamase a su lado? ¿Sería la compañera, la novia, la esposa, la amante? ¿Combatiría a la soledad durante aquellas horas en las que la banda ingresase nuevamente al estudio y haga nuevas giras promocionales? Dixie navegaba en aguas inciertas. ¿Pete se atrevería a pedirle viajar y hacer una vida juntos?

Finalmente, se animó y la invitó a viajar juntos. Claro que ella tenía la certeza. El amor que se profesaban iba in crescendo y tal vez la historia sería distinta en un escenario de dos locos buscando más alegrías que tristezas.

Pero algo vaticinaba un final prematuro. La grabación de Straight Up se hacía difícil y deberían salir nuevamente de gira. Cambios constantes en la producción, George Harrison, Todd Rundgren, Geoff Emerick, Eddie Kramer, el concierto por Bangladesh. 1971 era un año demasiado ajetreado para los dolores y las quietudes del corazón.

Dixie sabía que existiría un final y desconocía si su destino pudiese estar en su regreso al sur para emprender otro camino. ¿Enfrentaría a Pete y le diría que desistía del sueño? La presión era intensa. El trabajo los alejaba y la distancia construía muros de acero en la historia.

Se despidieron? Pete sabía que su amor era correspondido, que Dixie podía ser la mujer que buscaba. Pero todo jugaba en contra. Había un tiempo que se agotaba y afectaba a sus horas más íntimas, más secretas y más dulces.

Ella se fue y nadie sabe si lo supo en otro lugar o en otro momento. Pete le había escrito una canción, representando todo lo que habían vivido juntos. No hubo tiempo para ese amor especial.

El cigarrillo humeaba en el cenicero y en el suelo se iban juntando todos los papeles. La guitarra estaba a un costado, con ese vestigio de magia que queda tras haber sido recién tocada. Pete Ham soñaba triste en sus elucubraciones, abstraído en su tiempo, tan preciado por él en algún pasaje de aquel primer encuentro. Los demás miembros de Badfinger lo saludaron. Él les dijo que hoy trabajarían en una nueva canción.

¿La vio por última vez? ¿Quiso llamarla y contarle aquella noticia? Dicen que un poeta solo escribe y describe su desdicha condenado por su dolor. Inmerso en el recuerdo, en una sonrisa amarga, entendiendo que la había perdido, dijo para sí mismo: «esta será para mi niña triste, para mi Baby Blue». Se levantó, agarró la guitarra, y le dijo a los chicos: «Síganme. Capo en el cuarto traste. Re mayor. Un regalo para Dixie. Con la despedida de mi amor».

«Creo que tengo lo que merecía, mantenerte esperando por tanto tiempo, mi amor. Todo este tiempo, sin una palabra.
No sabía que pensarías, que me olvidaría, o me arrepentiría
El amor especial que tengo por ti, mi niña triste».

En algún momento de su vida, Dixie se lo agradeció. El adiós definitivo llegaría años más tarde, pero la magia sería imborrable. Baby Blue, una pieza de Pete para su niña triste, la de sonrisa hermosa, la de rostro lánguido, la incorregible y noble Dixie.

Siempre brille, brille siempre

Brille, como lo hizo ayer, hoy y mañana.
La luz de su esencia es poderosa. También su mirada.
Sueñe, porque perseguir a la luna, al sol, a las estrellas, es un bálsamo para el alma.

Sonría sin temores, sin miedos, por debajo de las mascarillas. Aunque se sienta sola, no lo está. Y alguien le hará recordar que es su fortaleza.

Camine firme, respire profundo, mire segura y serena. Consejos para un alma buena. Sea usted misma, como lo ha sido siempre.

Viva, ría, llore y también alimente a su ser de contradicciones, paradojas y filosofías. Es saludable sentirse pleno consigo mismo.

Por sobre todo, brille con su luz y su sombra. Aunque existan muros y pasadizos, su poder puede derribar los más complicados desafíos. Sea libre, sea feliz, sea triste. Sea poeta, poetisa, alma de fe, dulce y sublime. Siempre brille, brille siempre.

La Serenata inconclusa (El cronopio que se fue preso)

No podía dormir. Hablaba en voz alta en un tono intermedio dentro de la casa vacía. El soliloquio giraba sobre cualquier cosa. La locura hacía efecto. Todo era causa, motivo, razón, circunstancia, como una vieja frase de un programa de televisión de antigua laya.

El calor era insoportable. La germinación de un nuevo prosema se construía en base a lo real, a lo tangible, a la posibilidad más sensata y triste: los siguientes días serían terribles.

Y no pensarte, no soñarte, no verte. Esperar a que el relojito de la vida marque un nuevo día y también esperarte, con la paciencia incansable de un trovador que no se cansa de reanudar su canto, solo para felicidad de las hadas. Nobleza obliga, debería decirlo. Y los mundos colisionan en un mismo latido, para el deleite de nuestros sentidos, embriagados de poesía. Este párrafo está «acrosticado» en diminutivo, pero no hay problema. Lo lúdico es la camaradería, el recuento de milésimas que nos acercan a un mismo universo, como la alegría más eterna.

Hoy, el único primer motor que admito y reconozco, es este: Si usted es feliz, también soy feliz. Epistolar, wertheriano y en tregua. No me suelte la mano, que prometo no soltar la suya. Si la suelta, significa que la serenata fue una vergüenza. Este camino es difícil. Usted ordena, y salto para tenderle un puente con mi chaqueta raída en esos charcos inexistentes (No llueve). No tengo un borsalino. No soy Bogart, tampoco su poeta favorito. Solo estoy para regalarle una flor azul del jardín que imagino, sin miedos, sin temores, con la custodia de su brillo.

Nacida para brillar, que sus mañanas sean relicario y música para superar todo lo adverso. Es mi mayor deseo. La carta es suya pero no tendrá destinatario. Respire profundo. Suspire y viva para usted misma. Sonría debajo de las mascarillas.

Recuerde ese capítulo tan bello que muestra un dibujito hecho con una mano hacia sus labios, coincidiendo exactamente con su boca que sonríe por debajo de la mano imaginaria que la dibuja. No se sienta triste. Que no se escape la lagrimita. A este poeta lo mandaron a dormir. Fue extremadamente ruidoso con las cacerolas y las latas de dulce de batata. Creo que no será la única demanda.

Adiós, entonces, es preciso. Parafraseando a Poe, encontré un refugio poético en donde vivir hasta que me digan, basta: «un sueño dentro de un sueño». A usted, gracias. Nueva lectura entre líneas. En esta vuelta, no «me fui todito». Solo terminé en la comisaría, por ser buen tipo. A dormir, señor poeta. Haga algo con su vida y presente cartas credenciales para Nueva Delhi. Ahí, ya nos fuimos. Rise And Shine, Sweet Comrad.

Monólogos y Circunloquios

Lo que no nos dijimos se quedó atragantado, como esas palabras que temen abrirse a las caricias del alma. Temblorosos, trémulos, con un pasado recíprocamente intenso, nos quedamos suspirando en silencio, en secretas complicidades.

No nos pedíamos el mejor poema del mundo: bailar a nuestro propio ritmo, persiguiendo lunas a destiempo, entre resplandores y miradas. Sentir que el amor se desborda es pagar un divino precio: con una sonrisa, lo magnánimo se circunscribía a la dulce calma.

¡Qué banal encontrar al brillo de su ser como la verdad suprema! ¡Cúlpese al hereje que blasfema! Pero, ¡Qué rostro! ¡El centro de la vida es el sol!

Desintegrarse en el último beso para desvanecer ausencias y espantar terrores. Prisioneros de la luz y el ocaso, un afán de redención para nosotros los bohemios menguantes, alcanzando su propio eco vago de promesas en un suspirar sin remedio.

Vive, con la sapiencia de las horas que te nombran. Sueña, con el mismo candor con que rima el poeta. Ama, con el misterio que te rodea. Adora, porque la esperanza incorregible es para los que renacen a su propio tiempo, a su propia esencia devota. Gracias por el fuego, maga de la luz y de las sombras.

Da Capo en RE con Bad Company

“And you’ve got a heart and it won’t break”. Bad Company.

Retrospectiva, recuento, recuerdo. Las malas compañías también pretenden dejar un legado en estos cosmogónicos throwbacks sin pausa. Redundancia, remembranza, restitución, devolver una parte de lo perdido, una vez recuperado. Retribución, Re mayor, Re menor, acordes del alma sin principio ni desazón. Repensar, redescubrir, revisar, reestructurar, reordenar, resoplar y retomar el rumbo trazado. Rebuscar y ser feliz solo por el juego-fuego de tus palabras. Recopilar legajos de sueños que flotan en bóvedas de la mente, en un resurgir de la historia tras la historia. Retroceder. Repetición. Ponemos etiquetas con las neuronas. Esto no se toca. Aquello no se olvida. Lo preciado no se borra.

Avanzar. Irrepetible. Inconmensurable. Rebobinar. Adelantarnos a un beso que nació a trasluz en un cuarto de hotel de anonimatos y de dudosa reputación. Revolver el pasado hacia el futuro. ¡Recórcholis! Reinstalar sonrisas en divinas realidades, realizar castillos de arena en ese río, remanso sin tiempo. Remamos a contracorriente en una carrera de resistencia, en un abrazo dado con nuevas alas.

“Y tienes un corazón y no se romperá”. En un refugio de miradas renace el resplandor que revive esperanzas. Reavivar llamas. Recomponer delirios. Restaurar órdenes y principios. Restablecer pactos de fe y reencauzar imágenes que vuelan hacia el recóndito paraíso, el nuevo ideario del sol. Reemplazar actitudes y aptitudes, reanudar votos de confianza, renovar la sangre que rebrota como la savia que es sabia en su sublime reverdecer.

Resiliencia y asumir riesgos. La reticencia a no tender puentes es una causa perdida. Reconquistar instantes y reagrupar momentos. Vale la pena reintentarlo. Reaccionar, detenerse, volver a los orígenes, a las raíces que diversifican frutos y ramifican esperanzas en frondas sin horizonte. Respirar un grito ahogado de anhelada libertad. Reanudar los pasos, con música, y con los pies descalzos, bajo la luna que nos bebe reconectando amores y pasiones. Reacondicionar rincones de magia, tristezas y felicidad. Resumir cuentos, reimaginar versos, reír a carcajadas, reunir fortaleza y clamar por la dulce redención. Pararse para resentirse en ese ser uno mismo, recobrar el pulso y el impulso. Recomenzar.

Glíglico, caer y recaer

Y hubiera querido perderme solo una vez por el laberinto de tus ojos. Es tu oscuridad la que nos aprisiona sin la oportunidad de trocar realidades por todas las fases en las que te sueño. No querrás que pronuncie tu nombre, porque la vida situó su engranaje en un tiempo necesario, pero distinto. Y sonríes, cantas, bailas siendo tu propio espejo, sin importar los claroscuros de los días. No hay espacio en el universo que logre capturar al sol con sus brillos eternos.

Caminas dejando huellas que perduran como la tinta indeleble, entre lo bueno, lo malo y lo próximo a escribirse. Aprendiste a vivir y a sobrevivir, porque hay vidas que tienen miles de rostros y rostros con miles de vidas. Aunque tus rasgos no sean de piedra, nació con los cimientos necesarios para construir su propia esencia. Lo impagable está allí: aunque en múltiples formas, tu luz se expande y queda.

Está por llover. Los truenos anuncian un breve caos del verano. Los pensamientos se volverían salvajes y peligrosos. Si te imagino desnuda, entenderás que es solo una parte del juego poético. Pero la visión es cegada por un “haz y deshaz inconstante”. Luego todo se nubla. Es solo un imaginarte perfecta en esa imperfección tan tuya de pequeñas arruguitas y estrías, solo para recubrir de nueva fe a ese velo del misterio: ser humana no es un pecado. Desvestir a una luz si sería la tentación más condenatoria. No me importaría ir al infierno solamente para convertirme en un redento sublime.

Llegaste como la suave lluvia de enero: a tiempo, en el mejor compás de música jamás creado, con las notas en fuga en medio de tocatas desiguales, cómplices, expresadas entre silencios de blancas y redondas. Dos y dos, cuatro, marcando el ritmo con las manos, santiguándonos a medida en que el sur abre su cofre divino y el erotismo se transmuta en un cariz criminal, luego de horas de penitencia. Pésame, Dios mío, por divisar más allá de lo que no podía ver.

Llueve con sol. Es obra del Diablo, que quiere casarse. Ir más allá de ti sin dispersarme, calmar nervios, médula y alma. Desanclar el barco, soltar amarras, echarnos a la mar y navegar por la turbulencia de tus aguas, a profundidades, a sorbos de pociones hechas para la magia, entrando hacia otro refugio oculto, más letal y sublime. Ver tu cuerpo sin inhibiciones, sin que las culpas estén plagadas de murmullos arrepentidos. No podremos arrepentirnos. Caer en “hidromurias”.

El problema está en que querré que te quedes, para que las visiones permanezcan indefinidas en el tiempo. Es una locura. Es tu historia contra la mía, “reduplimidas” en la “embocapluvia” de un “amalarse el noema” y “agolparse el clémiso». Nuevas visiones del glíglico. Capítulo 68 de Rayuela, contigo, y entendernos.

Bread para el viaje

Últimamente nos entró la taranta por desestructurar canciones, descentrarlas para hallarlas en un nuevo centro. Es un proceso lento, cuasi sagrado, revisar acorde tras acorde y las progresiones que buscan responder interrogantes en cadencia. The Guitar Man.

Suavidad, softly, mini suites y piezas íntimas de jazz que sobresalen y se sobresaltan al primer contacto de la púa con el vinilo. Hay complicidad, confidencias que se cuentan en secreto al primer sonido dulce de una guitarra acústica, plañidera, quieta, muy quieta, como la calma de un tiempo ajeno al nuestro o de otras galaxias. Las canciones de Bread viven su propio camino y consiguen la bocanada de aire que nos falta para seguir.

Y, cuando los surcos traspasan sus fronteras, las visiones cobran formas ocultas en quién sabe cuántos ensueños. Si pensabas en alguien sin dispersarte, si soñabas despierto en una hora inadecuada – por la rutina y los horarios de oficina -, Make It With You no es la canción que te ayudará a salir del trance. Al contrario, las causas y los efectos persistirán hasta que el jefe chasquee los dedos y aparezcan las reprimendas. Este es el nuevo truco que no logró Houdini en vida. A trabajar. “Estás en las nubes”, se repite el melómano y excéntrico incansable. Suite: Clouds & Rain. Everything I Own.

Claro que las historias se vuelven más personales a medida en que los surcos depositan su concierto de promesas. “If” es una posibilidad que pide una sonrisa en su eterna melancolía. Pero, “Baby I’m A Want You” tiene esas delicadezas que no pueden explicarse. Hay una caricia por debajo de la guitarra que roza a una bella sin que ella lo sepa, estando demasiado lejos o cercanamente distante. Distantemente juntos. Quimeric Sound. “Lately I`m – a Praying that you’ll alWays be – a stayin’ beside me”.

Y el auricular se soltó mientras te aferrabas a uno de los tubos del colectivo. De paso, alguien ceba el tereré al chofer que, distraído, no siguió la jugada. Un poco de agua del termo se derrama por el volante y comienzan las llamadas al diablo. “¡Te dije que esperemos en el semáforo!”, grita ese rechoncho guarda, ofuscado. Pero el agua ya quedó allí, así como On The Waters. Estamos sobre las aguas de David Gates, James Griffin, Larry Knechtel, Mike Botts y Robb Royer, sin saberlo, sin entenderlo, sin asociarlo ni comprenderlo.

Luego, para agregar causalidades extrañas, alguien tararea una tonada de 1978. ¿Lost Without Your Love? No importaban los calores humanos expuestos por el malvado sol o las camisas empapadas por el sudor o los “accidentes aromáticos” propios de la transpiración. Que sea transpiración y nada más. Pero esa naturaleza pura y aglomerada no arruinaba el momento, no se atrevía a cometer actos impuros en medio de una música que salvaba.


“Perdido sin tu amor”, era el lamento, la súplica más arriesgada ante tanto efecto rebote, y terminábamos por rogar un rescate con She’s The Only One. “Ella es una mariposa, pero vuela demasiado alto. Ella no dirá la verdad, ella no pone excusas, a ella no parece importarle, pero la quieres en cualquier lugar, porque ella es la única”. Esos cambios de D a DMaj7 son las visiones etéreas del eterno romántico trovador.

¡Bum! La rueda del colectivo se despidió como una Fancy Dancer. Trasbordo y luego volver a las baladas. Come Again. No. Era la mirada de Aubrey, la última fortaleza de un viaje incidentado por lo real y lo imaginario. Pero Bread era real. Se paseaba sin permiso por la vida de los demás, y, para vos, tenía otro significado: amor por la esencia y por los bohemios incorregibles. Sweet Surrender. Dulce pan. Dulce paz.

En esta ocasión, Gejor optó por lo seguro. No esperaba una felicitación por sus impresiones poéticas de un musiquero de afición. Abrió la puerta de la oficina del jefazo, quien estaba sentado en el escritorio con un cigarrillo a medio fumar en el cenicero. La radio estaba encendida. Tras dejar el manuscrito, y, listo para cerrar la puerta, surgió un rumor de dulce encanto. “Life can be short or long, love can be right or Wrong. And If I Chose The One I’d Like To Help Me Through, I’d Like To Make With You”. La sonrisa lastimera inundó su rostro y mentalmente comenzó la traducción al vuelo: ‘La vida puede ser corta o larga. El amor puede estar bien o mal. Y si elijo el que me gustaría ayudarme a superar, me gustaría hacerlo contigo’. “Imprimátur tácito. El jefe está en las mismas. También lo entiende”.

Sueño sin final

Las canciones también se transmutan en poesía, socavando rinconcitos de almas puras. Hoy volvieron estos versos acompasados por melodías en capotraste, regalando un finísimo baile de salón celeste, antes del triste Lockdown del 2021. Dice así:

Te dormiste mi amor,
pensando en los dos
Y con esta canción
Sanando el dolor por vos…

La lluvia se irá
En nuestras horas de paz
Y sin mirar atrás
El sol volverá a brillar.

Nos dijimos adiós
Soportando el temblor
Pero en mi corazón
Este amor solo renació…

Nuestras almas bailan al compás
De la eternidad.
La respuesra simplemente está en amarte
En un sueño sin final…

Cerramos el bar
Con unas copas de más
Pero aquí estás
Brillando en la oscuridad.

Aunque pierda la fe
Siempre te tendré
Como la luz de aquel
Besarte al atardecer

Ars Amandi

Sé que sentiste el Ars Amandi. No lo puse porque quisiera aprovecharme. Tampoco lo publiqué para captar tu atención.

Si pudieras entender que siempre fui el más inofensivo de la Tierra, y que esta solicitud es solamente un mensaje, un pedido, una súplica inocentemente desesperada: teletransportarte desde tus sueños a los míos, y solo quedarnos fijos, compartiendo un concierto de miradas.

«Vení a dormir conmigo esta noche», no para ser posesos eróticos del otro; no para dar rienda suelta a un sentir físico profano. Es solo un «vení a dormir conmigo» porque tu magia me salvó y debo pagar un tributo de fe antes de ser atrapado por tus sueños.

«No haremos el amor; él nos hará», es la pieza gravitante, el engranaje que faltaba a esa ecuación tan confusa y desesperante que es este derretirme cuando me sonríes en un carmín ruborizante. Es la paz, es el refugio, tal vez ser débil y no darme cuenta que estoy trocando belleza intelectual por pensamientos de amor, sin entender que volveré al efecto pelota-pared con una cachetada y una denuncia por acoso debajo del brazo.

Estás ahí. Entraste a mi universo pero no podré sentir el tuyo. No soy digno. No lo ansío. No lo espero. Alguien más tendrá ese privilegio. O ya lo tiene. Lo único que queda es escribirte en agradecimiento. Solo vos pudiste reencauzar al delirio místico de estas palabras y anatemas. Sí, «me fui todito», y solo «desde mi lado» se malinterpretó el mensaje sincero.

Solo mirarte, solo saludarte con el puño como el nuevo tribal de pandemia. Solo hablarte para recuperar la fe en vos y en los seres de amor. Te escribiré en anagramas, musa de camaradería y magia. Seguí soñando, abejita, aguijón azul de néctar noble y polen al viento. Vuela libre con la otra abejita de musiquita que salió de tu barriguita, que te inspira y te hace ser cada vez más valiosa. Nosotros seguiremos viéndote brillar. Es el obsequio más bello, la pureza más eterna. Gracias por depositar tu fe en este joven poeta músico de bohemia. Si supieras cuánto nos hacía falta. Alguna vez lo leerás entre líneas. Buenas noches y a brillar con la luna, con tu propio brillo de sol.