Tu 2.2.2022 en un tango de Julio Sosa

«Eran sus ojos de cielo el ancla más linda que ataba a mis sueños». Julio Sosa – Qué me van a hablar de amor.

Tus ojos se hicieron presentes en medio del caos. Cambalache o revoltijo, está el desorden de profesarte una sonrisa entre cadencias sin amarguras por esas realidades que nos golpean.

Horas sagradas en donde bailamos un tango cómplice, suspirando por nuestras bohemias del Mano a Mano y del Último Café. Un beso en la frente para el recuento de nuestra historia, como una despedida que no alcanza a decirlo todo, a sentirlo todo, con la tremenda certeza tácita de considerarte un presente de sorpresas, una eterna realidad.

Volvió el cigarrillo y una voz grave imponiendo su tiempo y su tristeza. Apuramos el paso por calles oscuras que fueron testigos de amores y delincuencias, y no miramos atrás. Era vivir el momento, reír con toda el alma y dejar de actuar como títeres del tiempo. Locos distantemente juntos, prestando una nube del cielo para alcanzar a la luna, solo para convidarle nuestra copa de vino preferida.

No nos podían hablar de amor. Claro que dar tumbos y rodar por el mundo nos hicieron ser más fuertes. Increíblemente, no nos alejó de la pureza. Era nuestro modo de decir que, aunque hiciera un calor de novela, el poder de la rayuelística autosugestión nos congelaba los dedos y nos acurrucábamos más dulces en esa frazadita azul que era la alegría infinita. Mirarte desde ti misma, reflejo de lo que siempre quise ser y no lo recordaba, ahora brillaba en esa plenitud con la que te perseguía hasta los escalones de la gloria y del infinito. Atesoraré tu esencia aunque sea como una dicha tácita, solo para el deleite de mi colección de instantes eternos.

Así fuimos, así éramos, así somos. Hoy debo obviar clichés porque no se trata de una etiqueta. Pero sé que en el fondo hay algo de se mueve libre, vuela sin miedos, suspira y sonríe. La te y la qu vuelven a estar cerca pero no lo busco, no lo espero, aunque me muera por ese atrevimiento. No lo pienses, vive. La bofetada está a la vuelta de la esquina. Por lo menos, te irás con el ensueño de un tal vez y de un pudo haber sido. Casi lo lograste, viejo amigo tigre. El sol brilló por un instante en medio de la noche y pudiste rugir, salvaje. Lástima que alguien te rugió más fuerte.

Su rostro iluminó al tuyo y pasaste a la siguiente dimensión. Volviste a sentir y el juego del «quizás – tal vez» reclamó su primer puesto. Pude hacer sonreír al sol y no quemarne, pude abrazar a la luna y enfriarme de belleza, pude besarla en silencio, pude decirle buenas noches y dulces sueños con la gratitud de una sola vida vivida al máximo de los riesgos.

Pudimos sumergirnos a su mundo libre con el poder mágico de sus minerales preciosos y caracoles de mares que bañan las grandezas elocuentes de los astros. Dibujaste su corazón con las líneas de la máquina de escribir y pintaste su estrella con el caleidoscopio de colores sin tregua ni pausa. La amaste en silencio porque ese es el dictado que te canta la poesía mientras los otros siguen de recreo. Te perdiste en su esencia, aceptaste su alma y su misterio. Ni vos sabes lo que estás diciendo, pero ellos, sí. Gracias, Julios (Cortázar – Sosa). Una nueva pelota – pared, en camino, after such pleasures. Love from one side, not from her side. Misunderstood, again. Sorry, dear. I was in the «kamikaze mood».

Recuentos y dibujitos

El silencio de la noche encierra el recuerdo de viejos saludos nuevos. Hay puertas que se abren e impiden divisar gestos o movimientos de manos al viento. Pero luego está el ingenio, ese mensajito que se inserta y se inventan con paquetes de pequeñas esperanzas. Lo llaman paquete de datos. Esas curiosidades salvadoras de la tecnología.

Mientras la construcción de una acción se escribe entre líneas digitales («Te estoy saludando»), inevitablemente, se busca con la mirada. Hay cielos y paraísos que se abren a través de rendijas y hendiduras. Los sentí aquella vez, cuando ese aviso tuyo nos encontró en un dulce viaje lejano de ojitos que buscan inflarse con mayor fuerza para llegar hasta el otro, como los dibujitos.

Pensé en Tom y Jerry, en los saltos de locura de un patito negro, esta vez con forma de origami para caber en tus deditos de fe que no se cansan de contemplar lo profundo, lo bello, lo insondable. Ese verte a lo lejos solo me trajo certezas y sueños nobles.

Un suspiro en poesía es irse más allá del tiempo, escalar montañas como edificios, incluso sentirse uno mismo en puntos ciegos o sentirse Snoopy durmiendo «sobre» la casita y no «dentro» de la casita, junto al pajarito amarillo cuyo nombre ahora no recuerdo (Es Woodstock, me sopla Google). Me diste una locura sublime esta noche. Te la retribuyo en casillitas, en líneas y puntos suspensivos que sonríen por debajo de un tapabocas aterciopelado. Estoy salvado. 

Día que duele…

Quiero llorar por los que se van a destiempo, en un suspiro de última inocencia y mirando un futuro desde otros ámbitos.

Los crímenes de cada día son dolores que se insertan tácitamente en lo profundo de cada uno y luego explotan ante tanta rabia. Realidades crueles que lanzan su cachetada sin remedio. Impotencia por querer un mundo mejor y los males se van superponiendo.

Tengo miedo por los míos, por los tuyos, por los otros, que salen para jugar en la jungla y apostar por una “supremacía de la sobrevivencia”. No es justo. No es vida ni vivencia.

Historia que se repite y vuelve con su eterno retorno. La muerte, ese signo de interrogación que exaspera y no oprime a retazos, en pedacitos, en angustiantes temblores.

Triste por el mundo, por las alas del destino que se cortan a medio camino. Y luego está el aceptar un consuelo que ni el tiempo puede ajustar en una nueva simetría de las cosas y hechos. Heridas que no sanan, que quedan entreabiertas, hasta que las imposiciones digan que “ya no importe”. Nunca dejarán de importar, y el aprendizaje estará en ese silencio que dice mucho aún en esa tensa calma.

Justicia. El ideario del nuevo siglo, de todos los siglos. La ironía y la carcajada sarcástica de siempre, hasta que no se encuentre una respuesta de fe que nos cure de todo lo que nos daña. Lloramos por todos los ojos de arcoíris que se cierran sin despedirse, porque no lo buscaban, no lo quisieron. Carpe Diem. Aprovecha el día. Tengo miedo de estar un día y luego no sentirme.

Seguridad, como verdadera esencia de libertad. Algo que no se compra ni se vende y debe fluir tangible en su propia órbita. Aquí, tenemos que ganarla, porque unos la compran, otros la subastan al mejor postor. No hay derecho, viejo. Viejo, no hay derecho. País hermoso, rodeado de opresores y granujas, lo hacen tan rojo, disparando a sangre fría. Dolor por los que ya no están.

Fe. Esperanza. Paz. Amor. Pudieran sonar lejanos en palabras, pero debe haber una manera, una nueva forma de vivir sin temores, sin cadenas que derrumben con su peso a los cimientos del alma. Si la descubren, sabrán en dónde encontrarme. Estaré allí, en donde estoy siempre. Allí, en donde todavía puedo sentirlos y aún puedo sentirme.

Para leerlo con “Lover Man” de Charlie Parker, de fondo

Quieto…
Detenerse…
Saltar…
Soñar….

Jazz…
Viaje…
Respirar…
Dar…

Poesía…
Ensueño…
Suspirar…
Abrazar….

Juntos…
Temblor…
Infinito…
Universo…

Uno, dos…
Saxo…
Sed…
Alma, Cuerpo…

Clepsidra…
Lengua…
Merpasmo…
Incopelusas…

Juego…
Palabras…
Manos…
Mimos…

Tiempo…
Beso…
Sonrisa…
Silencio…

Espacio…
Sombra…
Luz…
Ojos…

Final…
Volar…
Vivir…
Amor…

El lado más oscuro en una Despedida de Soltero

¿Qué fuimos en esa noche de apuros y de sombras? Una circunstancia inventando confidencias y desvelos en el desatinado concierto de la lujuria. Nos vimos en la oscuridad y pretendíamos subir más alto, como para concretar un acto que se hace más intenso aún en los sinsabores ya íntimos.

Decían que no debía preguntar tu nombre, ni los motivos por los cuales las horas mundanas te llevaron a inventar gemidos bajo la luz de la luna. Nos apresuramos a abrir la puerta, pasando a la luz entristecida y a las botellas vacías. Tus movimientos, absurdos y rutinarios, ante el inexperiente y el puritano, combinaban perfectamente en ese delirio ajado de los besos dados sin arte ni parte.

Decidiste ser vos, asumir tu molestia y tu tristeza por los hombres que no te comprendían, que abusaban de ese mal llamado “privilegio” de pensarte “puta” y obligarte a cumplir sus deseos. Tenías miedo, porque no había escapatoria. Estábamos arriba, los dos, vestidos y tal vez sin ganas de contemplarnos. El bullicio de los espectáculos de cabaret alteraba los sentidos y los minutos iban corriendo. Los nervios, los temores, el estudio de los comportamientos aparecían como un burdo y descontextualizado intento de filosofía barata en un burdel de mala muerte.

Hablamos acerca del dolor, de la desdicha, del murmullo de las multitudes que te señalaban con el dedo y levantaban tu falda en distancias imaginarias. Recordaste a tu familia y a todo lo que habías dejado para incorporarte a este mundo autoimpuesto por necesidad. Temías que no haya una creencia hacia tus palabras o que todo se convirtiera en excusas vertidas a regañadientes.

Callamos por instantes, buscábamos entendernos y olvidar que ambos estábamos afligidos. Se cumplía una hora más del existencialismo y no sabíamos cómo empezar a desinhibirnos. «¿Querés estar conmigo?», fue la pregunta detonante, la duda que desempolvó a la moraleja. La respuesta, “Por supuesto, si eres muy linda”, sonó acaso forzada y fría, aunque nos haya indicado que no había remedio. Allí, el interés se centró en tu cuerpo, en lugares recónditos y profanados por otros clientes. La luz podía estar al final del túnel, si la solución hubiera sido olvidar que antes nos conocimos al compartir historias.

Silencio. Había más jazz en la mente que toda esa basura electrónica que se escuchaba a lo lejos. Asumimos la posición de detective y un caso a ser resuelto. Había que recorrer zonas ya exploradas para redescubrirte como ser humano y no como objeto. Los reflejos carecían de vínculos propios. Una mujer y un hombre que agregaban más incógnitas al lado oscuro de la noche. El abrazo fue el mensaje que temía ser dado. No por lástima ni por el engaño. La regla consistía en no besarnos, en no preguntar por qué el cuerpo responde o no responde a las caricias obligadas. Sin embargo, persistía la magia, cuando los labios se humedecían en la dermis de plástico, buscando el irresoluto clímax, el tan ansiado orgasmo.

Luego era un ir y venir inconstante y naturalizado. Asumir el rol dictado a arbitrariamente. Debatirnos en una guerra sin motivos, sin la posibilidad de victorias o derrotas que puedan ser contadas. Ansiosos, recubriéndonos y sintiéndonos la piel en un suave latido de esperanzas débiles, mientras la fórmica arcillosa de tus senos apaciguaba los ánimos y acompasaba la nostalgia. Gemidos forzados y atolondrados, vivíamos en un sometimiento sin etiqueta y sin nombre. La luz al final del túnel. La hora de la despedida.

No entramos en los detalles, en cómo tuvimos que exasperarnos y recordar que otro mundo seguía gestándose debajo de la habitación. Antes de salir, la magia anónima fue cortada con una confesión que no podrá ser contada. Diste tu verdadero nombre, pero prometimos guardarlo en secreto. Nos despedimos con besos en la mejilla, y cada quien siguió su camino. Un cigarrillo encendido, fumado acaso a medio humo, para significar que hoy acabamos con el rito de las costumbres, y pusimos nombres a nuestras realidades. Ese «Gracias por los favores recibidos», ocultaba un «Gracias por escucharme».

11.09.2016

Reencuentros y Desencuentros (Remiscencia)

Nos difuminamos en un beso durante las noches cómplices. Sentir que te desdibujabas en mi cuerpo, trazando trayectos distintos, hacía más apacible el misterio del viaje. Antes estaba la cita previa, el recuento interminable hacia un reencuentro sin testigos, proponiendo nuevos riesgos. Sabía que ya no estabas sola, pero aceptaste. En mi mente apareció el delirio filosófico y la escuela existencialista me puso en la encrucijada más triste: poseerte mientras otro formaba parte del juego y la broma, aunque nunca lo supiera.

Después nos quedaba preguntarnos qué nos hacíamos el uno al otro. A veces, era pretender que nos seguíamos amando por más que la costumbre nos haya hecho persistir en el perfume de nuestra piel. Costaba desacompasarse y empezar un nuevo ritmo. Hoy era otro cuerpo distinto al mío y distinto al tuyo. La respuesta siempre estuvo a la vista. Temíamos una nueva suavidad del roce.

Nos veíamos, nos temíamos ante la certeza de nuestras intensidades. Sabíamos que el regalo sería amor salvaje, por más que no pudiéramos estar juntos. Omitiendo a la lucha de nuestros labios, estaban las rutinarias dicotomías: mi impaciencia por tu tardanza en la elección del menú del día, o tus reclamos por dejar la puerta del baño abierta. No podíamos alejarnos de ciertas realidades. Odiabas el café amargo y mientras tanto yo aborrecía tu manera de enrollar el spaghetti con los tenedores. Pequeñas contradicciones que se sumaban a esa inexplicable resistencia a vivir juntos aunque siempre lo hiciéramos uno dentro del otro.

En el fondo, sabíamos que no dejaríamos de amarnos, a pesar de las diversas tendencias opuestas. Porque más allá de tus reclamos o mis ataques de histeria, nos guardábamos para ese momento en donde ambos sabíamos que el mundo no existía. Era un “Let It Be” incesante, nos dejábamos ser y permitíamos que el sometimiento juegue su propia partida de ajedrez. El azar, la unión de dos contrarios que por años simulaban ser enemigos y triunfaban tomados de la mano.

Luego aparecían las palabras dulces, como un ejercicio de las reminiscencias. Llamábamos a nuestras antiguas voces, a nuestros ritos pueriles de abrazarnos en la oscuridad de la noche mientras un gemido escapaba y excitaba a mis oídos. Sólo tú en una expresión salvaje, sin que se pareciera a tus gritos pidiendo un taxi o reclamando a los idiotas que te silbaban por la calle. Allí estabas mientras me mirabas, y un “mi amor” se ahogaba entre tus labios y mis dientes, no pudiendo evitar una pequeña mordida que nuevamente nos ponía entre un suspiro y una mirada tierna. Nos entendíamos aunque haya pasado mucho tiempo. Luego estaba el verte como si fueras mi espejo y sonreír desde vos y para vos. Me gustaba que asumas la postura del jinete y su montura, emprendiendo una cabalgata infernal sin que precisamente suene de fondo Offenbach.

No. Primero estaba Smokey Robinson and the Miracles. «Oo Baby Baby», como la previa para nuestros contactos íntimos. Tocarte, sentirte y oprimirte, invitarte a un viaje de dos minutos en donde un blues triste me haría susurrarte al oído que te seguía amando, por más que la historia ya no nos permitiera seguir estando juntos.

Luego una semimoderna introducción de sintetizadores. «Is This Love». Nuestra canción favorita. La guardábamos para ocasiones especiales. No te gustaba mi eclecticismo porque siempre decías que actuaba conforme al estado de ánimo del playlist aleatorio. Dejé de ser un snob solo para besarte. Ya no me importaba recitarte desde mi mente un poema de Byron porque también nos separamos en silencio y con lágrimas, con el corazón medio roto. Hoy el verso contaba con un final libre. En el reencuentro omitimos detalles, por respeto tácito hacia un pecado cometido. Nuestra telepatía nos topó soñando el mismo sueño en un viaje sin brújulas ni vicios. Siempre quedó esa certeza. Estabas en otros aires, pero el perfume viejo seguía siendo nuestro. Nos seguíamos amando, en un silencio cómplice. Final abierto.

06-06-2017

Siesta de ofrendas para tu mano

Recibe este pergamino de incógnitas, bajo el sol que enhebra sus hilitos de luz durante la libre siesta.

Jeroglífico, mapa o esperanza, hoy lanzo un suspiro hacia una galaxia que cuida, que aplaude sin cansancio cada paso dado hacia adelante.

Cartografías de tu suelo soberano, tu rostro ancestral y perenne, compendio magnífico de la alegría del mundo.

Fiel a tu canto, a tus voces, a tu espíritu, vibras en el verso puro, salvaje, eterno, sin fronteras.

Para que no te sientas triste, recibe esta ofrenda: mi alma de ecos aferrada a tus astros, a tu gratitud, bálsamo que calma a mis miedos y los lleva hacia un eterno sueño.

Aceptación y metamorfosis. Años de soledad que hoy mutan hacia horas sublimes de mágica compañía. Quiero ser más bueno todos los días, solo para alcanzarte. Si te alcanzo, solo ansío tu mano para seguir soñando en ese mismo plano poético en donde respiramos, vivimos, somos…

Maestro Astro (M.A.)

Volviste, eterno amigo,
Y pensé que ya te despediste.
Regresaste alegre, altivo,
Cerré los ojos, me puse triste.

Te fuiste a destiempo.
Los sueños estaban para alcanzarte.
La alegría pasó a ser silencio.
Ya no habrá música esta tarde.

Pero siempre cuando llegas
Apareces con un mensaje.
Te vi feliz y bromeando.
Nada pudiera preocuparte.

Tal vez fue el susto,
Que, lastimosamente, despertase:
El corazón aceleró su pulso
Ante esa amistad noble, hoy distante.

Cambiamos, mutamos,
Nos extrapolamos o mudamos
De piel; como bohemios o vagos
El universo es un nuevo peldaño.

Hoy sonrío por ti, pensando:
Una luz perdura siempre.
Hay una estrella soñando.
Otra, con savia dulce, que crece.

Y tu espíritu hoy trajo un bello canto:
“En la fe, nada oprime al llanto”.
Navega por los cielos, amigo astro,
Y no te rindas nunca, ser alado.

Recuerdos y un Slowly (Throwback Thursday)

Hay suavidad y extrañeza en las baladas que se conciertan durante la medianoche. Cada melodía te trae de vuelta, y abundan discos que giran a más de 33, 45 o 78 revoluciones por minuto. Siempre  las baladas poseen ese non plus ultra, esa debacle intempestiva hacia lares más seguros e indispensables, más hacia un vos o yo regalándonos sonrisas, ocultando nuestros rostros atolondrados entre la juventud y el ensueño.

Tratamos de recordar y vivir en cada responso hecho de noblezas y puerilidades, aunque las luces ya se hayan apagado y tengamos que vivir con el pesar de las ausencias caras, intensificadas en las sombras, junto al melódico slide de una canción de George Harrison. “Your Love Is forever”, soñando con esos ojos inmorales producto de las horas íntimas, pensando en esos labios que no escatimaban en despedirse con un beso, susurrando un “hasta mañana” o el “hasta un próximo encuentro”.

Sabíamos que podíamos volver a vernos o reencontrarnos en un “paseo púbico” – como esa “justa errata” cortazariana que tanto nos gustaba -, ese interminable delirar de las almas que se confunden en un recuento salvaje, al atravesarse latidos entre la asfixia y la confusión exasperante.

Podríamos habernos mirado por segunda vez, retomar el baile que ayer quedó a medias, con promesas a corto plazo y excusas poco argumentadas al ya cumplirse el horario de alquiler de aquella habitación de hotel tres estrellas. Sin embargo, lo dejamos estar, comprendimos por instantes y optamos por entristecernos. Salimos desconcertados, temiendo una despedida sine die, en donde la vida pudiera divisarnos a lo lejos, a una distancia circunstancial y predestinada a los sueños inventados por la unidad de dos seres.

No sabríamos explicar cada párrafo de este texto tan inconexo. Olvidarte no estuvo dentro del libreto, aunque el guión inevitablemente portaba consigo un slowly cómplice, acompasado por el movimiento de nuestros pies descalzos y nuestras ansias desnudas por recorrerse y determinarse en un conflicto sin vencedores ni vencidos.

Era el sometimiento o la culpa por nuestra recíproca subordinación. El silencio buscaba ahogar a tus gemidos, mientras establecíamos al mutismo de la dermis como el código perfecto para revelar secretos del placer. El engranaje perfecto para una trama construida a retazos de tu piel y otra piel, agotando las instancias de las artes amatorias terrenales, recurriendo a los clichés del Tantra para sentirnos más próximos a divinidades imperfectas, oxímoron o antítesis de la incoherencia y de la fábula, sin temores narrativos o errores de sintaxis.

El párrafo terminaba obligadamente, porque el slowly terminaba y habría que dormir solo una vez más, por más que recordarte avivaba otras esperanzas, otros compromisos que resuman la magia perdida. Éramos felices y pudimos seguir siendo felices. El reloj no nos esperó y tuvimos que apurar el cierre de página. El libro terminaría por ser escrito en otra ocasión. Hoy ya no, lastimosamente, ya no. No sé hacia dónde llegamos y el slowly se perdió con este atípico prosema, horrible y desaliñado, inestable y triste, perdido y altisonante, desesperado y desenamorado, devaneando recuerdos, aprisionando canciones sin importancia, pero admitiendo tu presencia entre las nostalgias.

(14 – 11 – 2016).

Visiones nocturnas (I Can’t Tell You Why)

Every time I try to walk away. Something makes me turn around and stay. And I can’t tell you why. Eagles.

Cada rincón de tu ser era una emancipada libertad. Lo sentíamos, lo divisábamos luego de esos viajes a contratiempo, escapándonos en un beso dado desde un aire nuevo, sin medida, entre nuestros descontrolados deseos.

Sabía que te habías ido, pero, a ratos, volvías, te quedabas como ese reflejo imaginario que no busco admitir para no ser un contorsionista de nuevos desequilibrios y locuras. Las manos, asidas al aire, imaginando que, una vez más, me dabas una última mirada, entre complicidades de un jinete y su montura. Obedecer. Me mirabas, sonreías, y nacía la nueva música, otro recuerdo para el alma.

Nos perdíamos en excentricidades. Dedos traviesos ocupados en ese delimitar pequeñas circunferencias, en compases imperfectos, sin reglas autoimpuestas para evitar mayores delirios. Un movimiento era crucial para obtener los tres deseos de aquella lámpara de un cuento. Hoy solo buscábamos llegar a uno en un pasadizo custodio de aquel elíxir de vida, los fundamentos de una pasión cósmica insertos en sus propias galaxias de fe. Tocar, percibir, asociar y disociar, sin explicar por qué. No podía decirte por qué. Era ese cataclismo sin tregua, ese decir, «me excitas», «me incitas», «me corrompes», y luego sucumbir.

Bebí el perfume de tu rostro sin tiempo en esa oscuridad tan nuestra, mientras sentía que la canción tomaba tu fórmica y nos sometía a esa suave caricia en clave de sol. Vivíamos, nos mirábamos y reíamos de nuestra suerte, de nuestro reencuentro anhelado y bohemio. Puntos cardinales. Recobrarte íntegra, de norte a sur, de este a oeste, y disipar mis miedos más desesperados. Desvestí una sombra y desperté llamándote. Hay algo que hace que quiera quedarme aferrado a tu inmensidad, a tu hechizo que hoy dicta una cadena perpetua. Tarde, lo comprendo. La canción estuvo jugando conmigo y la divagación se pierde sin remedio. Belleza y virtud. Te extrañé, my lovely. I can’t tell you why, darling.