Cronopios en el mismo concierto

Inventé una excusa entre recuerdos del pasado solo para no hablar sobre el presente que verdaderamente me importaba. Volver a calles viejas y paradas tan queridas en un tiempo distinto hoy significaban nada. Mi mente estaba posando su atención al punto en donde tú estuvieras viviendo a través de la música, siendo feliz.

Dos conciertos en atmósferas dispersas, uniéndose en una sinergia de palabras sobre bulevares de sueños rotos y altas horas de la madrugada, contemplando desnudeces del alma. No me importaba en dónde estés, aunque sí realmente importaba. Son esos contrapuestos que aspiran aromas perdidos en una burbuja espumante de las espirituosas que traicionan y crean resacas poco amables.

La noche se hizo fresca y se posó en la ronda de amigos, mientras la bruma acariciaba a la luna en esos laberintos de nubes púrpuras que no encuentran la salida ante tanto juego del placer. Te extrañaba ,y callarlo todo con la sapiencia de los anacoretas traían su incógnita maniquea sobre lo que es el cielo y el infierno.

Sufrir por una distancia inmedible, inmarcesible,  incontenible, incivilizada y tan sublime, que era ese navegar ruinoso por callejuelas de la lujuria y el crimen en una ciudad con nombre santo. Desbordaba el brindis, las cosas que se sienten y las alegrías por saberte risueña, libre y, como nunca antes, sentirte una reina de la vida entre las camaradas que te acompañarían en cada locura, cada historia, cada ciencia noctácmbula del Verbo.

El telón se abrió y el hombre de la guitarra desafinada entonó sus coplas ingeniosas de «ombliguitos» y «ámame, quiéreme, dulzura». La camisa azul y los jeans con bolsillos hasta en las rodillas, más la ajada alpargata beige, le daban la etiqueta del trovador moderno que vivió bajo esclavitudes entre los cronómetros y regalos de cumpleaños, pero con falsas esperanzas. Lo underground trasuntaba panoramas de fe y soberbia, tras esa confesión modesta de haber sacado más de 5 discos y haber conquistado su propio estilo. Aquella referencia de Arlt dictada por Cortázar nos situó en el mismo campo, en el mismo espectro de lo dicho y captado en un lenguaje de espejos, en capas y magnitudes que se insertan en las dictatoriales categorías y niveles, los favoritos de la crítica.

Quien fuera ese niño disfrazado de viejo cantor, había traído la respuesta a tantos versos que se construyen desde diversas alturas, en multiplicidad de formas: abrazarla y mirarla solo para que la felicidad sueñe con sus miles de caras, las que ansío y no busco, las que persigo pero no alcanzo, las que sueño y las que atesoro como el amor que no puede nacer por los obstáculos y realidades que se imponen y cortan las alas.

Desde ese plano de los sueños, permanece el besito en la nariz, el abrazo que se agiganta como olas hacia las rocas, el preludio de mi fe hacia su fe y la permanencia de la magia que nos profesamos en un dulce suspiro de nuestras profundas galaxias. No busco clichés ni bombones un día antes del 14 de febrero. Quiero convertirme en viento para esparcirme entre sus ojos, trasmutarme en una lágrima de felicidad que baja hasta su rostro y se mezcla con la sonrisa que se magnifica en perlas y diamantes de su existencia de luz y sombra. ¿Sabe que hasta las gotitas de agua tienen pequeños relieves de oscuridad? Cómo me gustaría que nuestras sombras puedan vivir en su propia luz, en entre soledades que se reflejan en el más allá de las constelaciones. Me alegra saber que haya llegado sana y salva. La vigilia y la custodia no podrán ser contadas, ya que lo establece la naturaleza caballeresca. Una quijotesca ante los molinos gigantes. El Nocturno de un nosotros en posibilidades ínfimas de lo real se esconde en ese otro umbral que sí nos corresponde y podemos darnos una aventurera oportunidad. La música nos dijo la verdad.

Nepente y Boulevard (TB)

La tristeza fue seguir pretendiendo, al establecer silogismos y consecuencias, sin determinar causas o efectos posibles. Nos hacíamos más daño del que hubiéramos previsto, como ese interminable aborrecimiento de las culpas, sin que pudiéramos en verdad conocernos a profundidad. Ya no sabíamos en qué pensar. Nos perdimos, sin la posibilidad de recordar a nuestros respectivos rostros.

Así, se fueron diluyendo las esperanzas más tácitas y más escondidas. Llevaste el libro de Gastón Leroux, con ese secreto del perfume de la dama de negro. Nunca lo supiste. Tal vez no te atreviste a revisar la última página y exhalar ese epitafio, esa indiscutible agudeza de Joseph Rouletabille para asegurar que las historias dejan de escribirse simplemente porque ya no hay ganas de seguir contando.

Entre tus manos divagaban los recuerdos. Esos momentos tan atesorados por dos almas que – sí, así fue – se habían enamorado. ¿Para qué dar más vueltas?  Era el juramento sempiterno, la nostalgia y la congoja, el periplo de la última hermosura de nuestros cuerpos bailando a oscuras, sin la presencia  de espíritus malignos. Perderte, sin que la vida dependiera de ello. Hoy era esa la respuesta, como para atragantar a las frases de amor.

Nos olvidamos. Nos entristecimos porque el Alzheimer fue mucho más fuerte. Esa obligatoriedad del constante recuerdo nos imponía acaso barreras demasiado sensibles, universales mandamientos que solo se agotaban en sí mismos, porque ya no podían vivir en su propia luz. Eras la metafísica, la razón y la simetría de una noctívaga ilusión, que se dormía en las sombras de ese salvajismo sádico y prohibido, compuesto para ti y vedado para los comunes.

Aspirábamos el cielo, con bocanadas de olvido, regalando humos que empañaban a los tiempos del baile de a dos. Princesa, eras la bailarina de la caja de música mientras el poeta imaginario  entonaba una melodía y te daba cuerda cuando empezabas a bailar. La cordura se había extraviado. No existía tiempo ni absoluto, porque el silencio pudo hacernos significar aún más en el dominio de los juegos mentales. La obligación estaba allí: en ese verte de tanto en tanto, agachando la cabeza y sucumbiendo a la caricia insensata, incitando al vaivén y al delirio, en esa clásica postura del jinete y su montura. Tambaleaste en la última vuelta, adelantándonos al simulacro y a la falsa alarma. La vía láctea podía esperar aún más. Sí. Seguimos, retomamos el curso del viaje, mientras el navío ebrio de tu amor, fue el custodio de tus exasperantes gemidos.

Te adentraste en el espeso bosque de juncos, entre eucaliptos e inciensos. Sí, nos penetramos como se penetran los piratas a punta de espada, o sencillamente, como la cuchillada más ruda, a sangre fría, a oscuras y a solas. Nos perdimos, dejamos de hablarnos, y nuevamente el amor se esfumó, reescribiendo el triste epitafio: “La soledad es ese estar contigo, rehaciendo y deshaciendo el arte de vernos, olvidarnos y amarnos”.

04/04/2016

Lista de respetos

Sobre lo que quiero decir y no puedo: es usted hermosa.

Pensamientos: subir a un escalón más próximo a su belleza intelectual y mística.

Sentimientos: Vivir en otro universo ante la magia de su sonrisa.

Momentos: el saludo distante que alimenta a la fábula y a los instantes eternos.

Motivaciones: Sonreír ante su mirada, depositando la fe en todas las criaturas de la Tierra.

Sueños: Tomar su mano sin miedos y esperar una cachetada imaginaria, solo para atravesar complicidades de ternura.

Esperanzas: Buscar una sempiterna sincronía bajo el manto de la poesía.

Alegrías: Verla brillar feliz e hipnótica hasta por debajo de la mascarilla.

Tristezas: cercanas lejanías y reconocer palabritas que encierran sentires más profundos, en silencio.

Deseos: Abrazarla en compensación por aquel tiempo avaro en donde nuestras respectivas órbitas no giraron en la misma galaxia. Aunque las leyes no sean retroactivas, nuevas certezas permiten otras cláusulas que trascienden posibilidades, tácticas y estrategias en un propio tic tac de los cronopios.

Divagaciones: Darle un beso puro solo desde el aire, para el deleite de los ideales azules.

Ensoñaciones: Viajar sin brújula hacia nuevos horizontes, entre pajaritos rojos y azules.

Filosofía: Vivir = Su corazón feliz, su alma feliz. Resultado: Poetas felices, bohemios felices.

Moraleja: Respetar cada rincón de su ser sin miedo a fronteras, para seguir brillando junto al Sol.

El caso de la calle perfumada

Los consejos de los amigos siempre fueron eficaces. Había que jugar con prudencia, analizando cada movimiento, cada carta disponible. No se trataba de perder, sino de seguir en el juego y considerarse infalible. Pero, la experiencia nunca estuvo de nuestro lado. Los otros, por supuesto, acrecentaban el goce del amor entre “contactos estrechos” sin guardar cuarentenas sentimentales.

Utilizar términos de pandemia para describir etapas de crecimiento tal vez hoy pudiera resultar positivo o negativo. Risas. Había un problema que podía denominarse exceso del pensamiento, un anticiparse a las posibles consecuencias si se incurría en un mal despliegue de piezas. Ajedrez. Casillas sin nombre y pecados pasionales cometidos en la mente.

Finalmente, esos remordimientos mostraron una fórmica de femme fatale en una noche más noir que otras noches de detectives con mucho por perder, demasiado por atesorar. Las escenas hoy transcurren en flashbacks, pero en la persistencia de una imagen sensorial que difícilmente podrá olvidarse: el habitáculo de un vehículo impregnado con el perfume ansioso de dos cuerpos semidesnudos, en medio de una tormenta que trajo la incógnita.

Lo clásico en dispositivos modernos. Por mensaje de texto, el encuentro fue concertado en medio de las contradicciones “a regañadientes” y ser empujado por algo más que la curiosidad. Minutos antes, la doble barra de un bar que daba hacia la calle y una botella de cerveza que fue bebida para esa inentendible frase: “tomar coraje”. Ser valiente y reconocer que con solo un beso impuro podrían romperse todos los esquemas, metodismos de la moral cimentados por caparazones de tortugas.

Ella detuvo su vehículo y abrió la portezuela del acompañante. El primer contacto de miradas trajo esa certeza innegable: el deseo debía dictar su última palabra. La magia suspiraba en el aire y el “babelístico” intercambio filosófico del bar se perdió por detrás, mientras algunos perros ladraron cerca de la bodega rival.

Luego, estaba el camino y sentir que el corazón latía mucho más fuerte que otros motores, pasar por callejones con carteles retorcidos y sin postes de luz, agradeciendo al municipio por regalar tanto misterio y por no delatar a los culpables. Miradas de reojo, anticipando un concierto de pieles que se erizaban mucho antes del roce, divisando panoramas que solo pueden disfrutarse más de cerca, más cercanos al fino secreto.

Detalles adicionales: la sonrisa de par en par, la boca que se nutre de frases y nombres de canciones favoritas eran resquicios que cada vez más se incitaban a una degustación salvaje, pero todavía discreta. Con blusas y vestidos de colores primaverales, ella se convertía en el arcoíris nocturno que ardía en silencio, en un salvajismo demasiado pulcro, dulce e impecable.

Un poco más arriba, las nubes amenazantes teñían de púrpura los cielos distantes. El aguacero debía llegar para purificar tanto maleficio de ese encuentro de memorias recíprocas que se buscaban y se escribían al ritmo de la caricia y del rechazo de los antiguos amores perdidos.

Quedarse en una esquina triste y ser echados por el vecino de enfrente que vio movimientos raros no detuvo a los escozores internos y externos. Era volver a ponerse en marcha, buscar un lugar mucho más despoblado en una capital repleta. Las luces de neón marcaron el sitio sagrado, sin cámaras fotográficas o testigos del espanto.

La música nació entre parpadeos infinitos y una promesa del “nosotros”. Pluralidades. Olvidarse de uno mismo para compartir el mismo cigarrillo imaginario. Todo era sublime. Dejar de lado a aquellos academicismos de aula para pasar a otra lección más próxima al vino añejado, a lo exquisito de un “mano a mano”.

Y todo adoptó su verdadero tono, su verdadera esencia, su relato en primera persona: “Hablabas, amor, y nos mordíamos la piel en ese juego de intercambiar besos sin preocuparnos por los rastros del mañana que se divisarían en los horarios de trabajo. Las miradas lánguidas que se adormecían, guiadas por aquella selección musical que preparaste para la ocasión perfecta, tu oportunidad para consumirte conmigo en un fuego irremediable. El temblor te delataba cuando mis manos se dispersaron por debajo de tu vientre, queriendo sacarte la ropa, en una inocente travesura. Lo aceptaste y me miraste con esa ternura del dejarlo ser, sin remilgos ni reproches».

«Estabas hermosa y, aunque una posesión pudiera formar parte del libreto preestablecido, sabíamos que las palabras dictarían su condena. La Serpiente Blanca nos acompañaba y, como por arte de magia, dijiste la palabra que un hombre tal vez pudiera esperar. Pasar al asiento de atrás suponía un nuevo truco, la nueva sensación que solo podía disfrutarse sin inhibiciones del alma. Abrazar aquí, allá, en todas partes, juntar tu mejilla contra la mía e inevitablemente balbucear el lenguaje de esperanto, entre otras serpentinas que revoloteaban en un intercambio de alientos solemnes. Como para reforzar todo aquel sacrificio de una antropofagia cómplice, lanzaste el conjuro y quedé a tu merced. Tomaste el control. Te miraba desde arriba como la nueva emperatriz dominante y sucumbir era el mensaje del súcubo. Senos que cabían en la palma, asistiendo al convite concupiscente del satánico pandemónium. Alas del diablo, me sorprendías con ese lado oscuro que para mí ya era tentador y mucho más claro. Nadie supo cuándo llegó, pero aquella tormenta no nos defraudó y fuimos más al fondo. Un teléfono celular zumbaba en un bolsón, pero hacerle caso solo nos traería un quiebre de las emociones, el fin del contrato acordado por ambas partes. Te movías por encima de los jinetes más expertos y tu cintura se amoldaba a la mía en la sincronía de nuestras erecciones y lubricaciones. Me sacaste la camisa y tu carne se fundió con el torso, en un nuevo viaje apretujado de los alfileres entre multitudes. Me pediste que suba y comencé a mirarte desde abajo. Me viste recorrer cada fibra y ser sobrio en esta parte de la historia no estaba dentro de lo previsto. Fantasías ocultas, tomarte por la cerviz y besarte, morderte hasta que tu respiración se exaspere, se entrecorte y vuelva a seguir fluyendo en su sangre, nos llevaba a lo más peligroso, a la explosión más descarada. Nos mirábamos y te hice una seña, apuntando hacia abajo. Murmuraste palabritas sucias y jugábamos a bajar desde la clave fatal: cabeza, tronco, extremidades, centro sur. Pero, hasta ahora desconozco qué fue lo más fuerte que nos detuvo e hizo que me quede a segundos, a centímetros de remover el candado de una puerta de gloria. La llave se quebró cuando dijiste que era demasiado tarde y que un país firmante ya se preocupaba por el porvenir de la otra nación. Y, entre el desconcierto mutuo, paramos. Nadie sabe lo que pudo haber pasado si me dejabas continuar. A pesar de todas las circunstancias, de todos los chismeríos y rumores ante los cuales debíamos hacer frente, guardamos silencio y la historia quedó tatuada como un sello de amor inconcluso. No hubo alivio, ni redención ni esperanza».

Los detectives no revelan a su clientela ni tampoco hablan sobre sus gestas más loables. El caso de la calle perfumada perdurará en la memoria de los protagonistas, con detalles mucho más profanos. Los amigos se darán cuenta que un hombre, considerado como el más pueril de todos los camaradas universitarios, ya tiene el Averno ganado.

Love With And Without Pornograffitti (TBT – TNT)

No estaba de más el decir que estábamos calientes. Durante bastante tiempo nuestras miradas se atolondraban y nacían desde un mismo fuego. Desde su boca partía el más particular deseo de sumergirse en un delirio de burbujas salivales. Era un más allá de la lascivia o del recurso judicial para escapar de ciertas investigaciones. todo se enmarcaba dentro de la certeza sin secreto que era únicamente amarla entre las luces tenues y un oscuro refugio perfecto.

No importaban los nombres ni los sospechosos habituales. Acudíamos a L’ Isle seguros y extasiados, sonrientes y errabundos, como dos enamorados sin tiempo y con fe, demasiada fe. El punto de encuentro: un estacionamiento. El primer cómplice de nuestros arrebatos más al límite de las locuras y las incoherencias. El dilema pasaba por dejarte una pequeña marca en el cuello o permitir que mi lengua se inserte en tu oído derecho, como el último terciopelo azul del encanto.

Luego estaba la dialéctica sobria del detective y la Femme Fatale, regalándonos el cuerpo sin que el Whisky o el cigarrillo nos sobrecargue la escena. Amor 77, glíglico y una antropofagia previa a los delirios del año 1969. Abbey Road. Something. Nuevamente el boomerang nos reencontraba en el contacto más sublime e íntimo. Bastaba con mirarte para entender que el universo converge perfectamente en la conjunción noble del corazón latiente.
Me besabas, princesa, y ese último párrafo no quería escribirse. Sin trabas, me guiabas hasta lo más profundo de tu sur de horizonte. El elíxir, la copa mágica, la fuente húmeda de miel y música, perfumada por el suave césped y su rocío. Amarte. Amarte fue, era y sigue siendo la verdad más eterna, sin explicaciones ni circunloquios. En ese amarte no hay balbuceos ni temores. El amor que te profeso no se enmarca dentro de esos clichés del romance. No hay palabras para describirte en cada suspiro de mi alma. Es la secuencia más sagrada.

Acariciándonos, mimetizándonos en la piel del otro, es el grito del orfebre al culminar su más infinita obra. Experimentamos una metamorfosis y por fin pudimos ser más que un reflejo, amándote y yendo hacia ti misma, y la ecuación se detuvo en el místico ~. Puntos cardinales, extremos, medios y centros. No había más fórmica bella que tus senos de mármol griego. Más allá del Marqués de Sade, el Trópico de Cáncer y la ninfomanía Chatterley, nuestro amor alberga fantasmas, espectros,

demonios, ángeles y dioses. Nos amamos como solo nosotros sabemos amarnos y el silencio nos regala ese capítulo 7 enrayuelado. Dear, my dearest love. No answers, no goodbyes, no more asking for reasons. Solamente amarte con el amanecer del sol, el murmullo de la tarde, el crepúsculo adorable, y una luna de devoción. Y en nuestra madrugada, el tiempo juega a ser un sueño, mientras hacemos el amor.

11 – 04 – 2018.

Amnesia a Destiempo (TBT)

Siempre había algo más en ese mensaje, en esa frase de acometidas y apresurados reclamos. «Piensa en mí», como la condición imperativa más ajena a la posesión del otro. No era el «siempre pienso en ti», dado y prodigado a vuelo de pájaro o en el rutinario rito del vernos todos los días. 
«Piensa en mí», y allí estaba el misterio. No nos ataban cadenas evidentes en ese ir contra la corriente de los días. Ocultábamos el desencuentro dejándonos llevar por las causas y por los callejones del suplicio. No éramos autocríticos. Hablábamos poco porque las horas taciturnas eran nuestro emblema, nuestro motivo ausente. 

Escribirnos en la piel con miles de puntos suspensivos, a vaivenes desprolijos, ansiando con las manos descifrar susurros, aires y voces que se ahogan, perdiendo el sentido. Un punto mayor arremolinandose en el centro de tu fuente de vida, un pequeño puerto en donde las circunferencias inexactas de unos labios inexpertos, buscan seguir auscultando el flujo del capricho y la deshonra a destiempo.

Variaban los movimientos y el «piensa en mí» era un ilógico pedido estando juntos. O tal vez no lo estábamos. Obligando a pensarte, a robar cada alegría y pena tuya, a sonreír o a llorar como un mismo reflejo, un delirio de autómatas apresurando un forzado Te Quiero.  

La historia permanecía con la misma crueldad avara. Tu rostro distante, inequívoco e inconfundible, pero indescifrable. Arrebatada al ir y venir de las quejas y súplicas, el detenernos hubiera sido un crimen cobarde. Seguías entonando la balada del recuerdo, mientras los besos sufrían descortesías en rincones ocultos del cuerpo. 69. Nada que decir, salvo probar. Una ocurrencia pseudo pagana del Cantar de los Cantares. «Miel y leche bajo tu lengua». El gemido, el silencio del placer.

Y no había recuento del día. Sin preguntas, arrojábamos más dudas a lo nuestro. Tomarnos el atrevimiento de convertir a uno una historia de dos desconocidos. «Piensa en mí», sabiendo que el bar cerró a la medianoche y el vino huele a rancio. «Piensa en mí», entendiendo que la cama renació de las cenizas al quedarse con tu perfume. Irremisiblemente, el que te piensa desde hace años, hoy alimenta un nuevo infierno, porque sin admitirlo, teme que también otro te piense. El riesgo de los que viven sin decirse nada, sin esclarecerse, sin redimirse.

04.09.2016.

Ella entre el caos de las sombras (TBT)

En la oscuridad cobra forma tu verdadera piel. Hay sombras que delinean contornos perfectos, combinando a las palabras del recuerdo con la soledad de una ajena invención. 
No es un boceto de tu sonrisa luminosa en el apagón y el silencio. No se trata de agravantes ni agravios que recrean fábulas prohibidas y antropofágicas. Es un misterio que se construye en la diversidad de los rasgos que te circundan, mientras la arcilla se corrompe con las manos trazadas al vacío.

Tratamos de olvidar el pudor, con la constancia de saberte ausente y presente, como la corrupción de todos nuestros sentidos. Apegados a un sueño que se sueña dentro de otros sueños, nos hundimos en los besos y en las cadencias de una mirada lánguida, asumiendo que no podrá existir el despertar único hacia una realidad altisonante.

Asomas el rostro entre tinieblas y balbuceos, con el hablar suave y pausado, como entre susurro, para regalar un nuevo código a los juegos del placer. Dices mi nombre impronunciable, mientras aborrezco el tuyo por el simple temor a revelar nuestro secreto. Respiramos un oxígeno ajeno a los mortales y no debería mezclarse en esa tabla periódica de elementos que vive del cianuro y del bromato de amonio. Triste ciencia de lo incoherente y petulante, me callas y nuevamente me besas. Ese es el verdadero Ars Amandi.

En la oscuridad te pienso rubia, morena, negra o caucásica. Asumo un bosquejo de tu cuerpo, entre simetrías vagas y estrías sin vicio previo. Te imagino sumisa, proclive a la exasperación o al atraso del orgasmo. Hay puntos altos, medios y bajos, porque es una realidad que no la veo, pero la siento. Criatura noble e innoble, dual e individual, moraleja y paradoja, oraciones bimembres y unimembres, espejo y reflejo, realidad y fantasía, vos y vos, yo y mi otro yo, nosotros dos y un no nosotros dos. Juegos de palabras que incitan al desequilibrio, a las virtudes del sesenta y nueve con sus inversiones y reversiones.

Sí. Imaginería. Cursi recuento del vacío. Hundirse en la nada que transforma constantemente tu ser y ya no hay respuesta. Savia, áloe o ajenjo. Jazmín, rosa, mirto. Amor, sexo, muerte. Tu voz me adormece, la unión de nuestros cuerpos nos va excitando sin remedio, viajamos lejos sin dormir. Apuramos el te quiero y la vida cobra mayor sentido, en ese eterno crearte y destruirte a oscuras, sin miedo.

17.07.2016.

Travesuras (Juego Bonito)

La lenta ceremonia que se dicta en silencio, a un ritmo virtuoso, en un huracán de saxofones. Delirios de tu cuerpo y el jazz de la medianoche. Desvestirte a tientas, bordeando suspiros que se ahogan en espasmos tan tuyos y tan nuestros, como la dulce condena que es la de sucumbir a un naufragio y llegar a un oasis, sin espejismos del desierto.

Aprisioné tu recuerdo aquella noche de insomnio y por un instante jugué a contemplarte como una reina de arena, y sonreír por cada granito que terminaba siendo un lunar o una cicatriz de tu pasado sin sentencias ni culpabilidades. Sublime esperanza. El rito perfecto estaba en vivir en nosotros sin jueces ni partes. Inocentemente culpables, nos mirábamos y nuestro mundo giraba en sincronicidades, temiendo un ataque de pánico ante el exceso de caricias en los ojos brillantes. Nuestras almas estaban desnudas, sin etiquetas, sin nombres. Pasión y pureza, contradicciones. En oculta apariencia, éramos camaleones que se mimetizan y sueñan con traspasarse en colores.

En el silencio, un beso se durmió en tu mejilla y los labios querían seguir bebiendo nuevos anhelos, mágicas sonrisas. Pausas y una nueva misión: llegar al coral de blancura que encierra la médula que viaja al imperio de tu razón y tus sentidos solo para ser víctimas de un espanto que no se cura: ser los enamorados de un eterno despertar. Apareció un abrazo y un nuevo mensaje se posó en tu boca. Miel y Leche debajo de tu lengua, como el Cantar de los Cantares. Vulgata. Visiones del paraíso, aprender a aprehenderte entre roces y suavidades, atándonos de pies y manos en ese concierto de morir entrelazados una vez más, castigo que se disfruta sin admitirlo, como un infinito goce del dolor.

Llegamos al sur. Tocarte sin miedos era estar en otro tiempo porque así lo esperabas. Sumergirme hacia lo profundo de un mar de aguas saladas y dulces, perdiéndome en un grito ahogado mientras tus piernas apretaban con fuerza, aunque el negacionismo haya hecho acto de presencia. Gemías y gemía contigo, porque la luz estaba en tu centro de finas hebras negras, y las cosquillas en mi boca eran como el adormecimiento del éxtasis eterno, pecado no expiado y nietzscheano girando para siempre. Saliva y elíxir, un eterno retorno.

Te amaba. Me amabas. No podíamos decirlo en voz alta. Penetrar secretos cálidos y húmedos en una complicación más de la inexperiencia. Te mordías los labios y el movimiento rugía a piacere. Estaba en ti, estabas en mí. Nos sentíamos en nosotros mismos. After such pleasures. Después de tantos placeres, clamabas, clamaba. Clamábamos por más y todo era un resurgir espiritual nacido desde una corpografía sin vencedores ni derrotados. Armisticio. Agotados, exhaustos, gritamos nuestra última promesa de libertad. Un te amo se escapó desde el lado de mi almohada. Volviste a besarme y no me lo reclamaste. Amabas en silencio sin que fuera un cliché baladí. Te amo. Eso no se cuenta. Se vive, se hace un recuento, se atesora, se recuerda. Perfume de nobleza. Respiramos belleza por encima del sudor. Cerramos los ojos. Volvimos a mirarnos. Teníamos la ropa puesta. Nos reímos. Travesura de cronopios. Imaginamos que hicimos el amor.

Formalismos, saludos, miradas…

Sostener una mirada como un dique que no se rompe, símbolo seguro y firme con el que se enhebran letras. Me apercibo y te percibo con ese temblor sublime propio de los escapes y las fugas del tiempo de los relojes. Adrenalina. Nuestros corazones se aceleran y se sincronizan en un mismo pulso. Hechos y palabras que confluyen en un mismo río, esperando el próximo sendero que nos separe y nos reencuentre hacia el mar, en un lenguaje dulce y salado sin temores por los sueños que, mágicos, los volveremos a soñar mañana.

Y sonreír, encontrarte en acrósticos, noche inacabable de luna, y con el brillo del sol seguir coleccionando estrellas solo para el deleite de una locura tan perfecta que es ese atesorarse en latidos. Viajamos a través de comas, puntos seguidos y puntos suspensivos. ¿Alguien se atreverá a poner el punto final? Soñar no es un crimen y tampoco hay culpables ni sospechosos habituales. Soñar tácitamente es otro delirio durante las confidencias del deseo puro, el azul más perenne de todo aquel cuarzo que se refleja en los múltiples espejos del alma arcoíris.

El golpe llegó como un roce de manitos cansadas que buscan dispersarse solo por un instante, para eternizarse en un perfume. Era el perfume de un rostro. Un perfume que se respira en la captura de las fotografías del archivero de recuerdos, tan solo con cerrar los ojos. La mente y sus grandilocuencias elocuentes en momentos oportunos.

La pregunta inevitable que no se dice, aunque se piense: ¿Qué nos ha hecho para merecer este obsequio, esta virtud que vuela alto y libre? La respuesta está en sus ojos, en la mirada que no se aparta y se retiene sin dudas ni miedos, mientras los puños se saludan amables en un gesto pandémico que va por debajo, más allá del secreto. ¡Hola, Usted! Sonría por encima del tapabocas. Usted puede. Nosotros esperamos la cachetada para volver a ser. Volver a ser.

  • “Debe dormir. Ya es tarde”.
  • «En lo último tiene razón. Ya es tarde. Poetry. Un atrevido Ars Amandi vino para quedarse sine die. Gracias al fuego, gracias al hielo. Gracias a usted».

Sometimientos (Flashback)

La princesa Kloe contoneaba sus maléficas formas, rompiendo esquemas en el Petit Midnight Bar. Era una víctima. Voluptuosa, presa iracunda de su hechizo y su magia negra, animando la pista de baile, perdidamente desnuda entre los sinsabores del oscuro blues erótico y el hipnotismo de los muñecos vudú que adoptaban rasgos de parroquianos habituales.

Dueña de su propio tiempo, divisando panoramas insondables, sintiendo cómo la música se paseaba por cada nervio y médula como una esencia inquebrantable de su propio cuerpo. En su danza, se reinventaban movimientos sugerentes y considerados como impropios de una dama de la alta nobleza en un sistema de hipocresías y falsos pudores. Su perfume la delataba: expedía fragancias tentadoras, vinculadas a un mundo de condenas y perturbaciones.

El apetitoso bar de medianoche se caracterizaba por haberse convertido en el antro más underground de las extrañas jornadas asuncenas: cervezas a un solo precio y cotizadas por su mala calidad y su capacidad para agilizar las contemplaciones espirituosas (hablar de borrachera estaba prohibido), mientras el barman oficiaba de discjockey, colocando discos de The Doors en una vieja vitrola adquirida en la antigua tienda Viladesau, quien sabe en qué triste año de la ley seca.

Quien deseara calmar sus penas y sus necesidades biológico sexuales, acudía al Petit, siempre con una condición: disfrutar a Kloe sin tocarla ni hacerle propuestas indecentes. Ella lo dejaba estar y sabía que resistirse en un sitio de factores cómplices pondría a prueba a todos los que peregrinaran hacia tristes parajes del ensueño. El desafío de cada hombre consistía en adentrarse en la música, en la mancomunión del cuerpo y el alma, a través de una filosofía de la supervivencia junto a instantes del sometimiento, corriendo el riesgo de incurrir en ciertos sueños húmedos que probarían la precocidad de las eyaculaciones y la escasa posibilidad para improvisar en momentos álgidos.

Marihuana, mezclas azules y verdes, alucinaciones, sexo, drogas, la discografía completa de Morrison y sus secuaces, todo conspiraba en un extraño fin de la noche ajeno a las polkas y las guaranias. Se preparaba otro universo sin pipas de la paz o fuera de legislaciones que pretendan ser violentadas por políticos corruptos. La ley suprema era no tocar a Kloe, la reina absoluta de los jinetes de la tormenta.

La confesión era muy incauta y terriblemente reveladora. Un hombre con gabardina y sombrero borsalino apareció en una escena silenciosa. Se apeó de los insumos detectivescos y sacó un cigarrillo Philip Morris junto a un encendedor con la inscripción “Hammond” en la superficie. Con la mirada indiferente y absorto en algunos pensamientos cuasi particulares, hizo una reverencia hacia una mesa vacía y procedió a sentarse, con la intención de disfrutar el espectáculo.

Ella reapareció y la visión trajo visos de incomodidad a la sala de espectadores. El desconocido recordó un acto de una vieja película de Tarantino mientras una mujer llamada Satánico Pandemonium contemplaba desde su propia altura a los esclavos de su malignidad. Kloe se dejó llevar por Soul Kitchen y dejó a todos obnubilados. Sus movimientos eran libres, sin un ápice de metodismos o meticulosidad. Sus miradas eran las puertas de la percepción; su tarjeta de presentación, la curvatura interminable de su espalda y sus muslos, en una imaginaria textura de suavidades sublimes. Sus labios balbuceaban palabras en el intento por seguir el fraseo de Jim, agregando un hechizante “eres mío”, mirando hacia un rincón alejado de la mesa. El hombre no dejó de mirarla, pero sus rasgos ni se inmutaron ante el lascivo conjuro del sometimiento.

Al darse cuenta que su baile excitaba a todos, menos al impasible, ella se molestó y pidió al barman poner Light My Fire. “Enciende mi fuego, bebé, mientras nuestro amor se convierte en una pira funeraria”. Su cintura incurría en vaivenes suculentos, en una cabalgata infernal hacia el clímax, entre el Moog de Manzarek, la incesante batería de Densmore y la guitarra seductora de Krieger. Ella estudió a todos los músicos y poetas de la banda, especialmente al Rey Lagarto. Había aprendido a mantener la calma y la confianza cautivando a cada una de sus víctimas, en una técnica hábil de unir cuerpo y espíritu con el baile pecador de la Salomé que mandó a cortar la cabeza de San Juan Bautista. Sin embargo, el hombre seguía impertérrito, mirándola sin rubor y sin admiración.

Una mujer rechazada por un hombre que no cae en sus garras, termina convirtiéndose en la víctima de su propio juego. Ella sometía a todos, pero hoy ella estaba siendo sometida. Le intrigaba aquél tipo imberbe, de facciones aparentemente caucásicas y con el ceño medio fruncido. Se sentía ignorada, golpeada, abofeteada por ese infame que no apreciaba su arte. ¿Acaso se amaban o se ansiaban? Era demasiado pronto para adivinarlo.

Triste, en un momento dado, su rostro palideció. Ella no dejaba de verlo y tal pareciera que hubieran intercambiado existencias. Dejó de bailar y se quedó tiesa como una estatua. Un gordinflón de la primera fila quiso tocarla pero reaccionó instintivamente y le propinó una patada desde el desnivel que separaba el escenario del piso. Ordenó que todos salieran, incluyendo al barman, pidiéndole por favor que se llevara los discos de The Doors, excepto uno, muy especial para ella.

Los borrachos estuvieron por organizar un tumulto debido a la decepción que les generaba haber pagado por los brebajes y no poder seguir disfrutando del show hasta el maldito amanecer. Salieron descontentos, uno por uno, lanzando improperios y enojados, como si hubieran visto una comedia sin el elemento fundamental: la risa.

Fue allí cuando sucedió. Ella se percató de que el hombre no se movió y que aún la observaba, con una languidez tan poco masculina. Sus ojos estaban acuosos y apenas apartaba el cigarrillo de la boca. Sin siquiera notarlo, Kloe se acercó hasta la vitrola y jugó con la púa. Se apresuró a buscar el quinto surco de «Morrison Hotel», y el órgano emitió un sonido dulce, junto a una melódica guitarra que incitaba al recuerdo. Él se sorprendió y parecía como que iba despertando y cayendo en la cuenta de una situación que tal vez la buscaba o no la estaba buscando. Ella comenzó a bailar y a intensificar sus movimientos, acercándose cada vez más al viajero de sus sueños. Llegó hasta él y siguió a sus instintos, logrando entrelazar sus piernas con las piernas de él. Ambos se miraban más intensamente. Luego apareció Morrison, cantando en una tonada muy a lo Sinatra, triste y casi a ritmos de vals, revelando una confesión que tal vez estaba hecha para los dos.

“I found my own true love once, on a blue sunday, she looked at me and told me, I was the only one in the world, now I have found my girl. My girl awaits for me in tender times. My girl is mine. She is the world, she is my girl”.

“Yo había encontrado a mi verdadero amor en un triste domingo. Ella me miró y me dijo que era el único en el mundo. Ahora he encontrado a mi chica. Mi chica me espera en tiernos momentos. Mi chica es mía, ella es el mundo, ella es mi chica”.

Lo supieron en aquel instante mientras seguían mirándose, en un mundo fuera de este mundo. Atravesaban eternidades cruzando sus pupilas en un abismo cada vez más profundo, en puntos sin retorno, en estancias incomprensibles para los seres humanos. Navegaron a través de la música, y el Blue Sunday les resultaba interminable. Claro que estaban tristes. Ella no pudo someterlo y acabó siendo sometida. Lo que empezó como un juego sin escrúpulos acabó por condenarlos. Él la llenó de ese amor triste, de ese dolor que se siente cuando uno ama con todas sus fuerzas, sin lograr comprender los porqués de ciertas evasivas o rechazos poco diplomáticos.

Ellos comprendieron que la vida estaba mucho más allá del Petit Midnight Bar y que una canción les cambió la vida. No fue un barato romanticismo. La historia tal vez no cubría todas las aristas. Nadie supo si ya se conocían desde antes o se conocieron en ese momento. Todos los curiosos que seguían mirando por la ventana comenzaron a inventar historias. Algunos decían que ella estaba obligada a bailar porque era la esclava del dueño del bar. Otros decían que él nunca aprobó que ella bailara para mantener la relación, que no se sabía si era de larga data. Ellos también comprendieron que el chismerío puede construirse de miles de capítulos inconclusos. Pero la historia del Blue Sunday, la historia del sometimiento de Kloe y del extraño álter ego, se configuran en un mundo aparte. Un mundo propio, accesible a dos almas que se redimen, en el deseo por brillar desde un mismo cielo. Hay sometimiento. Hay esperanza.

27.09.2017