La incógnita sigue siendo ese «te quiero». Ese laberinto de promesas falsas; esas excusas para caminar descalzo, estático y sin retorno por sobre las brasas. No se trata de aprisionar una caricia en el recuerdo, o divisar una presencia en un estallido de la subconsciencia.

Buscamos eliminar a la angustia que nos carcome el sentido de la existencia, pensando en la fatalidad por sentirnos un espejo del otro, y acaso llorar porque terminamos conquistando el mismo pulso, la misma circunstancia errante.

Estaba ese empoderamiento de los letargos, tu languidez y la mía, en un cómodo adormecerse durante el rito místico de los besos espontáneos y sin relevamiento de datos previo.

Escapando hacia tus ojos, confundíamos el vicio con el deleite, la costumbre con la monotonía, el sueño con el vapor insólito de una visión sonambulesca. Las manos apuraban el encanto y ya no había vuelta atrás; el aroma de tu piel embalsamaba a las heridas de una dermis ajada, atorrante y no digna a tu perfume.

Sin embargo, no te desencantabas. El hechizo apareció y fue más fuerte que una frase de amor solemne y fuera de contexto. Te adelantaste al orgasmo y lo retuviste por más tiempo, subiendo y bajando el falo, acompañando el movimiento Allegro, Piano y Fortísimo, en una melodía sin compases, arrítmica y sincopada. Y no faltó el desfile del soplo, la reverberación, el humilde y el inquieto vibrato de tu lengua surrealista, extrayendo la miel para un nuevo retrato de un Dalí sin nombre.

Sin delirios monocromáticos y pseudointelectuales. Esta vez, ganabas la guerra, sin la oportunidad de firmar un cese al fuego, porque sabías que seguiría el placer de las hostilidades. Era amar el sometimiento, autoexcluirse del pasado e imponerse un presente afable a tus deseos carnales.

Nos usábamos, no nos permitíamos ir más allá del te quiero. Una historia que se repite en cada siglo, con vestidos, rostros y pelucas diferentes. Jugábamos al adiós que responde todas las incógnitas. ¿Sería nuestro primer y último beso? ¿Aceptarías un nuevo recorrido desatinado con una brújula rota? ¿Alguna vez, dormiríamos sin echarnos la culpa?. Lo hiciste también con él, y yo también lo hice con ella.

Eso era todo. Aspirar una vez más el perfume del olvido y esperar nuevamente a que te canses para volver. La condición fue impuesta. Amor suave y salvaje, sin contemplaciones. Amor que no regala un «te amo» después de las intimidades. Una angustia que se lleva tu cuerpo sin mirar atrás, olvidando que en el medio de la soledad o en la compañía de otros cuerpos, nos pensamos en silencio, y traspasamos la línea del «te quiero».